Soledad alcohólica

«Se puede estar en el escaparate mucho tiempo, pero tanto para entrar como salir, tendrás que pasar por el interior de la tienda» Mica

Los alcohólicos vivimos en el mundo de la apariencia. Necesitamos ser creídos por  lo que ni nosotros mismos creemos. Tenemos el ansia de convencer, demostrar y buscar la aprobación en los demás, de algún modo para autojustificarnos y pensar que tampoco estamos haciendo las cosas tan mal.

Nuestra estrategia es «jugar» a ser lo que en realidad no somos: organizados, maduros, responsables y consecuentes.

Esta enfermedad elimina todo rastro de esas virtudes, y lentamente te vas comportando y adquiriendo defecto tras defecto. Todo va en aumento, y cada vez es más difícil descubrir el pastel. La botella nos exige ser seductores, convincentes, encantadores y simpáticos para poder desenvolvernos socialmente.

Esa imagen se puede mantener durante un tiempo, pero la presión psicológica, el malestar interno, la angustia y el remordimiento de nuestra conducta habitual, acaban por herir a nuestra conciencia.

Eso nos hace entrar en un mundo de «desequilibrio»:Por una parte, somos estupendos y maravillosos. Por la otra, vivimos encerrados, torturados, atormentados y esclavizados por nuestra enfermedad.

Cuando alguien se le ocurra compararse con ese tío tan social, extravertido, encantador y divertido que siempre bebe, está contento, de juerga, y riéndose como si en su vida no existieran los problemas, que no se deje engañar. Probablemente toda esa compañía que le rodea …le está creando la más profunda de las soledades.

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