El mal del comienzo es la precipitación y la ansiedad por querer hacer infinitas cosas a la vez, saturarnos, ampliar nuestro aprendizaje en cosas que hemos hecho poco o nunca. Tener prisa puede frustrarnos y decepcionarnos más al no conseguir los objetivos.

En el caso de esta enfermedad, la inmediatez es la conducta más perjudicial que tenemos al principio todos aquellos enfermos que hemos decidido dejar de consumir, seguir un tratamiento, y recuperarnos. La prioridad y el verdadero objetivo siempre debe ser mantenerse sobrio y aprender a vivir sin alcohol. Ni apresurarse, ni querer abarcarlo todo.

Los que hemos enfermado no somos locos o malas personas, simplemente somos eso: enfermos. Con esto, no pretendo justificar ningún comportamiento. Pero no podemos obviar que detrás de cada enfermo hay una persona, y que esa persona puede ser alguien muy querido.

Esta enfermedad representa muy acertadamente la inestabilidad ante cambios bruscos, tenemos la tendencia a arrepentirnos temporalmente, a compadecernos y culparnos magnificando y dramatizando más aun la situación.

Esas personas que padecen esta adicción y han llegado a la conclusión de que su única opción para salvarse es dejar de consumir, dejarse ayudar, y recuperarse, la cuesta de enero no tiene que ser por arrepentimiento, sino por convencimiento.

Está muy bien proponerse dejar de consumir y recuperarse, pero nunca hacerlo frivolizando y menospreciando la gravedad de esta enfermedad. Tratarse de alcoholismo u otros consumos no es un propósito temporal. Ponerse en tratamiento es sinónimo de recuperación de la vida, de renacer, de resucitar, de reinventarse.

Aprovechemos bien esta cuesta para conseguir un bienestar emocional que sea para siempre, pase lo que pase en nuestras vidas.

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