Simpatía

De sobra es sabido que nos guiamos más por las apariencias que por la realidad, aunque lo neguemos.

En el caso del alcoholismo, es la enfermedad ideal para demostrarlo: cuando alguien siempre está de buen humor, parece seguro y confiado de sí mismo, aparenta buen carácter divertido y extrovertido que nos da esa sensación de persona alegre y que sabe afrontar, así como solucionar, cualquier tipo de adversidad y que además tiene esa capacidad de indiferencia y desdramatización ante los obstáculos, comentarios y búsqueda de la aprobación ajena, pero todo eso se da bajo los efectos del consumo.

Somos esa persona tan simpática y dicharachera, que cuando desaparece el público, nos transformamos en el peor de los monstruos y pesadillas que pueda tener un niño.

Todos los temores, ansiedades, inseguridades, miedos y falta de autoestima están tan hundidos en el fondo de la botella que los demás no los ven, pero con el tiempo, acaban por salir a flote y desmontar esa apariencia externa de felicidad que tanto se ha querido vender, para emerger esa personalidad tan frágil y enferma qué tanto tiempo ha permanecido escondida o escudada detrás de cada copa.

La procesión va por dentro y en el caso de los enfermos alcohólicos, agonizamos empeñándonos en demostrar todo lo contrario de lo que en realidad somos: enfermos vencidos por una botella.

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