¿Con quién te comparas?

La comparación puede resultar más dañina que positiva siempre que hablamos de abuso de alcohol o alcoholismo.

La tendencia natural del propio enfermo es compararse con personas que consumen igual o peor que él con el fin de justificar sus actos:

«Es que todo el mundo bebe…, Los otros también se emborrachan y no les están dando la paliza todo el día…, parece que soy el único que consume de esta manera…, No creo que los demás sean unos santos…»- Este es el repertorio cansino del típico enfermo hacia su familia o entorno para «demostrarles» que no es el único o que es el qué lo hace tan mal (personalmente yo era de esos).

Evidentemente nunca nos comparamos con los que lo hacen bien, con los abstemios, con las personas que apenas consumen o en raras ocasiones, con bebedores muy moderados y responsables, con consumidores de alcohol por placer que nunca se exceden, etc.

¿Los demás? ¿Quiénes son los demás …? El compararse, ya es en sí un mal síntoma que delata una carencia de control o un problema agudizado que se pretende minimizar o suavizar. Nunca hay que buscar referencias de nuestro consumo y sus consecuencias en el exterior sino en cómo nos afecta a nosotros y a la familia, independientemente de lo que hagan el resto de personas con el alcohol. Primero, solucionemos lo nuestro y después … ya tendremos tiempo de analizar o sacar conclusiones de hábitos, costumbres, y tradiciones sociales en la que realmente el alcohol suele estar muy presente. Pero mientras estemos intoxicados o enfermos, difícilmente podremos desempañar nuestra mirada alcohólica.

El ejemplo más claro de esta reflexión tan alcohólica de los que somos enfermos es que cuando yo bebía, sólo veía alcohol por todas partes. Puede que ahora, años después de no consumir, siga manteniendo que esta sociedad es alcohólica por genética, epigenética, o tradición, pero veo y observo más personas que lo hacen bien, que no beben o en su defecto si lo hacen no es tanto, más gente haciendo vida sana y saludable, practicando deporte y hábitos más saludables, más moderadas, comedidas, y responsables, y en busca de un equilibrio y armonía de bienestar.

En resumen, desde la recuperación ya no necesito compararme y por el cambio en mi forma de vivir ya no tengo esa mirada social tan sucia.

La comparación siempre es el antecedente de una justificación o una excusa para autoengañarnos y limpiar nuestra empapada conciencia.

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