Nunca había suficiente bebida

«A nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo tenga la culpa» Montaigne

 

A veces me entran escalofríos sólo de pensar en la imperiosa necesidad que tenía de beber. Esa ansia y ganas enfermizas y desproporcionadas. Ese ímpetu y ansiedad para encontrar horas, tiempo, lugares, dinero o excusas para poder consumir.

Cuando llegaba a una fiesta o una cena, lo primero que hacía era mirar la nevera a ver si habría suficiente bebida. Bebida no para los demás, sino para mí. Calculaba el tiempo que iba a estar ahí y la media que necesitaba para no sentirme incómodo. Poco me preocupaba que la casa no fuera mía.

Con los años, de alterne en los bares o locales de ocio, me convertí siempre en el último en marcharme. Había impuesto en mi casa un horario para llegar «cuando tuviera que llegar». Así, de este modo, siempre quedaba solo y rezagado.

Da igual la cantidad que llevara encima, siempre me cabía una más.Me acostumbré a utilizar el argot y las coletillas del lenguaje alcohólico pidiendo siempre la penúltima,una más para el camino, y cosas de ese estilo.

¿Si me gustaba beber? … ¡No,me gustaba ir colocado!

 

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