Esta es la paradoja del enfermo alcohólico: No quiere dejar de beber porque le asusta estar bien y no saber gestionarlo.

Mientras andamos con la muleta (la botella), andamos protegidos y seguros (otra paradoja, curiosamente).

Después de tantos años inmersos en el submundo del consumo, nos hemos adaptado y convertido en la zona de confort. Donde mejor nos encontramos, los enfermos es bebiendo o el estado que nos produce el efecto del consumo.

La idea que nos atormenta al plantearlos abandonar los consumos es la de si seremos capaces de soportarnos y soportar a los demás sin efectos artificiales o provocados por la intoxicación.

Ese miedo al cambio, a una nueva vida y real, nos impide tomar la decisión correcta. Tenemos pánico a ser normales incluso llegando a pensar, por la culpabilidad que sentimos, que no tenemos derecho a ser felices.

Recuerdo que lo qué más me asusto al desintoxicarme fue la extraña sensación que me producía el silencio, la calma y la paz. No estaba acostumbrado a despertarme sin sobresaltos, ni a pasar un día sin conflictos, ni a disfrutar de los pequeños detalles maravillosos que la vida nos regala cada día.

Dejemos ya de padecer “gratuitamente”, de flagelarnos mentalmente, de castigarnos y culparnos, de vivir en la amargura y frustración. Seamos valientes y decidamos … ser felices. ¡Todo el mundo tiene derecho a buscar su propio bienestar!

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