Los gritos del silencio

La vida no es una película, aunque tenga mucho de obra y representación, sino una realidad que se va construyendo instante a instante. ¿El guión? El guión se va haciendo sobre la marcha pero nunca estamos solos y somos protagonistas exclusivos. Vivimos y convivimos con otras personas que de alguna manera están ahí con nosotros, compartiendo esos momentos.

Al padecer de una enfermedad tan ignorada y compleja como el alcoholismo, tan permitida y aceptada por la sociedad en la que nos ha tocado vivir, cada vez que enferma uno de nosotros, no se imagina a la cantidad de personas que arrastra directa o indirectamente detrás de él.

Poner este argumento para que el enfermo deje de beber y se ponga en tratamiento …no suele servir de nada porque el «hechizo» de la botella puede y se antepone a los deseos y sentimientos de las personas que le rodean.

Al enfermo alcohólico se le puede intentar ayudar y persuadir para que se recupere, pero nunca convencerle porque eso, eso es debe ser iniciativa suya ya que sino el tratamiento será por coacción, obligación, o condicionamiento y estará condenado al fracaso porque si lo hace, será por demostración no por convicción.

En la otra parte de esta representación «en vivo» están las personas que se desviven, desgastan, consumen, y van enfermando y muriendo lentamente a la vez por la desesperación, agonía, y frustración de querer ayudar y no poder o no saber como.

Mi crítica personal es hacia la cima de la jerarquía que «debería» organizar todos esos recursos y derivación, asistencia al enfermo y apoyo a los familiares, parejas, y amigos. Pienso en voz alta que no tienen ni puta idea de nada, que son cuatro ineptos que no se enteran de nada, cuatro payasos que sólo se preocupan del alcoholismo y la drogadicción cuando ésta les roza de cerca o les toca en su casa.

En esta crítica no culpo a nadie personal sino a todos en general, pero sí soy hiriente y mordaz con esas personas que tienen que tomar decisiones ¡ya! porque si supieran «ahí abajo» (donde vivimos los normales que tenemos estos y muchos más problemas sociales) lo que está sucediendo, seguro que rectificarían y cambiarían de actitud.

Si alguno de esos a los que me dirijo tuviera la ocasión de leer este artículo, ya les anticiparía lo siguiente: Los familiares de los enfermos alcohólicos (como los de muchos enfermos mentales) claman y gritan con desesperación y frustración para que alguien les de una solución, no un «vuelva usted mañana o miraremos que podemos hacer».

A esos gritos que claman a oídos de nadie son a los que yo llamo «los gritos del silencio»

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