La complicidad del consumo

Las relaciones, los ambientes que frecuentamos, las malas compañías, el rodearse de todo lo tóxico e ir sumergiéndose en ese submundo del consumo nos hace adquirir una «complicidad alcohólica».

Necesitamos estar junto a personas que hacen lo mismo que nosotros o peor para compararnos con ellos y así, de alguna manera, podernos justificar y mentirnos a nosotros mismos.

Esos cómplices no son amigos, son simplemente cómplices. Amigos de barra, camareros que haciendo su trabajo les importa muy poco nuestro perjuicio por el consumo y actúan como se lo exigimos, personas que están tan intoxicadas que con una mirada ya entienden el lenguaje, tipejos que son espléndidos con el dinero e invitando no por su generosidad innata sino porque quieren ganarse la aprobación de los demás, etc.

En ese ambiente nos desenvolvemos como pez en el agua.

«¡Ponme un café de los míos!- dice aquél que para que no vean que bebe, siempre pide el whisky en una taza de café de porcelana compinchado con el que se lo sirve.

¡Ves a por unas botellas de vino al supermercado y dile a la chica, que me conoce, que son porque hoy tengo invitados!- dice la señora a la chica que le cuida para que vaya a la tienda a por suministros de sobra

¡Si mi mujer llama o pregunta, yo no he estado aquí más que un rato y casi no he bebido!- le informa el otro al responsable del establecimiento para asegurarse la cuartada a la hora de mentir

… »

Siempre andamos con trapicheos, rollos, historias y películas que nos montamos para lo mismo: Camuflar u ocultar los consumos, disimular las cantidades, evitar que conozcan las frecuencias con las que consumimos, el gasto que hacemos, etc. ¡Todo son tramas, mentiras, y excusas! Nunca decimos la verdad en nada. Premeditamos cualquier movimiento … Nuestra cabeza empieza a trabajar por y para el alcohol. Se vuelve rápida y astuta para tener un recurso a mano cuando somos «interrogados».

Tener cómplices significa no tener amigos.

Un amigo es alguien que te quiere y no te va a estar siempre «tapando» tu mierda de vida y tus argucias constantemente. Un cómplice, sí.

Esta diferencia es abismal. Al cómplice le importa muy poco tu vida personal y las consecuencias que puedas sufrir por beber en cantidad, abusando, continuamente.  Al cómplice le interesa cubrirte las espaldas porque él seguramente también necesita «favores» para resguardarse de las suyas.

» Estuve con fulanito toda la noche- le comenta el cómplice a su esposo/a, cuando en realidad aprovechó ese tiempo para estar bebiendo, derrochando y haciendo lo que fuere mientras ya te avisa. Es un toma-daca»

Entre consumidores del mismo «calibre» nunca se cuestionan: No dicen » ¿Otra?, ¿Ahora quieres seguir bebiendo todavía? ¿Tú crees que esto son horas de beber alcohol? ¿No te estás pasando?… ¡No, un buen cómplice nunca hará eso, sino que te animará a seguir bebiendo para que le acompañes!

Luego los alcohólicos nos quejamos, nos lamentamos, nos compadecemos, nos hacemos la víctima diciendo que nadie nos comprende, que nuestra familia no nos apoya, que no nos ayudan lo suficiente, cuando la realidad es todo o contrario. Somos nosotros que cuando entramos en esa espiral de consumo nos fuimos apartando de la gente que precisamente para ayudarnos, nos recriminaba o reprochaba lo que estaba viendo: La crónica de una muerte anunciada.

Cuando has enfermado, necesitas complicidad para mantenerte «vivo y activo» en tu enfermedad.

 

 

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