Dejando de lado el planteamiento si beben o no beben los peces en el río, que curiosamente no lo hacen, la cosa no va ni mucho menos por ahí.

Es obvio que me refiero al estribillo del villancico más alcohólico que conozco.

Aprovecho estas fechas que tantas veces se cantará a coro (evidentemente, sólo el estribillo) en cualquier lugar donde hayas más copas que personas.

De pequeño siempre asocié los villancicos a alegría y buen rollo. Como cualquier niño, las luces, la música, y todo lo que olía a Navidad, me ponía muy contento.

Sin darme cuenta, siendo adulto y metido en la espiral del consumo de alcohol, éstos sólo eran parte de una borrachera más, de ruido y barullo, y de unas fiestas que iban a venir y yo no me daría ni cuenta hasta pasado reyes de la intoxicación etílica que pasaría cuando me vendría el bajón acompañado de sus grandes e inseparables «amigos», el remordimiento, el arrepentimiento, y la autoestima por los suelos.

No estoy en contra del consumo de alcohol. Lo he repetido miles de veces en esta misma página y me ratifico en ello. Pero siempre que menciono este pensamiento, añado que aunque no esté en contra, sí lo estoy de su mal uso, del abuso, o el consumo descontrolado.

Por esa razón, siempre intento concienciar de la trampa que lleva la botella.

En primer lugar porque yo caí como muchos en ella. Después, porque el alcohol consumido moderada y responsablemente puede ser un complemento de ocio, alterne, placer y alegría en cualquier fiesta, pero conseguir que sea así, para muchas personas se convierte en todo lo contrario: La «antifiesta», la «antinavidad», y la «antiarmonía».

Felices fiestas. Pero yo me preocuparía, más de cómo beben los peces en el río, …  de cómo lo hacemos nosotros.

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