Falta de respeto y miedo

 

Ese es el gran problema que existe con el alcohol. la falta de respeto y miedo hacia él.

Nos educamos con alcohol en la mesa de nuestras casas y de la de los vecinos, Desde muy pequeño lo asimilamos y nos acomodamos a su presencia frecuente, Nos vamos desarrollando viéndolo y normalizándolo como algo social, acostumbrándonos hasta a verlo en la televisión o en algún evento como indispensable para celebrar triunfos y éxitos, incluso en el deporte. Todos brindan con alcohol:desde los felices, los ganadores, los guapos de la película,etc.

Pero lo que más daño hace de esa «intrusión» en nuestras vidas es la manera en cómo lo tratamos: Como normal, cultural, tradicional, y habitual porque lo hemos categorizado socialmente legal, por lo tanto permitido, aceptado, y asociado a diversión, recompensa o situación gratificante.

Sí, eso es el alcohol. El alcohol en su justa medida. Pero, cuando esa «medida» se va traspasando el camino al que nos lleva es muy diferente al que nos han enseñado.

Nos gusta mucho poner etiquetas a todo, y en defensa del consumo decimos que este tiene que ser moderado, responsable, limitado, y sabiendo controlar. ¿Pero qué sucede cuándo se pasan estos límites?

La respuesta la sabemos, aunque muchos nos empeñamos en omitir u ocultarla:La enfermedad.

Yo no estoy en contra del alcohol. Es más, creo que nadie está en contra del consumo tan «bonito» que nos dicen que es algo social y normal. No estoy en contra del consumo pero sí de su mal uso,del abuso, del exceso, o de las personas que pierden el control cuando beben. ¿Por qué’ Pues evidentemente porque yo fui una de ellas. Nunca tuve  miedo ni respeto al alcohol. Siempre pensé que era algo que como todo el mundo hacía, yo también tenía «derecho» a disfrutarlo. Lo que sucedió es que esa falta de miedo me llevo a pensar que siempre podría controlar y que a mí nunca me pasaría factura. Cómo yo hay muchas personas que les sucedió lo mismo:que enfermamos.

Tal vez por ignorancia, por falta de información, o quizá por falta de respeto o miedo, crucé ese límite que acabó por robarme la vida. Aunque el único culpable era yo, … me sentí estafado socialmente.

Evitemos con  la concienciación que eso suceda a otros, especialmente a nuestros hijos y las nuevas generaciones que vienen. ¡No les engañemos, hablémolsles claro!

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