Quien pretenda «curarse» por arte de magia o extraños sortilegios, por pócimas milagrosas, o con la ley del mínimo esfuerzo, de una enfermedad tan compleja como el alcoholismo … ¡Lo tiene bastante crudo!

Con prisas, con exigencias, con dinero, con memorizar manuales o técnicas, o simplemente por querer demostrar que es capaz de dejar de beber cuando quiere, ya está empezando mal el camino y yendo en la dirección contraria.

La recuperación alcohólica es la recuperación de la vida. Que nadie os prometa un jardín de rosas durante el proceso porque os estará engañando.

No se recuperan los más inteligentes, pudientes, creyentes, o afortunados, sino lo que más trabajan y se esfuerzan en comprender la enfermedad, los que siguen las normas, los que no cuestionan y ponen en tela de juicio todas las correcciones, los que siguen el ejemplo de otros que lo consiguieron, los que no cogen atajos, los humildes, los disciplinados, los que de verdad quieren recuperarse.

A lo largo de nuestra vida, los alcohólicos hemos desarrollado un aprendizaje alcohólico y adquirido con nuestra trayectoria una herencia de malos comportamientos y conductas inadecuadas, infantiles, inmaduras, y en la mayor parte erradas. Renacer de nuestras propias cenizas es fácil de pronunciar y suena muy bonito cuando alguien lo dice, pero de ahí a conseguirlo …hay un largo camino que recorrer muy duro.

Reconstruirse, reinventarse, renacer … es un proceso interno, no viene del exterior.

Soy alcohólico y me considero un convencido, no un convertido (San Pablo). Sé que me ha costado y me sigue costando mucho afrontar la vida con sus obstáculos y adversidades sin sustancias que engañen a mi cerebro y mis sensaciones cuando estoy mal, vacío, triste, o de bajón. Pero de eso se trata la recuperación. He cimentado unas bases para edificar sobre ellas mis sueños, ilusiones, y un proyecto vital. ¿Cómo saldrá? No sé el resultado pero si sé que suceda como fuere, este debe ser sin una gota de alcohol.

Mi prioridad es vivir,no beber. ese es mi verdadero objetivo. Por eso, cuando las cosas me salen mal me desanimo como todo el mundo pero luego pienso: «Pero no bebo». Eso, para mí, un enfermo alcohólico, es siempre una recompensa por muy mal que me vengan dadas.

Poder sentir, contemplar, pensar con claridad, y no tener la mente sucia y vivr sometido al peso de la culpa y el remordimiento … es el mayor éxito de mi vida. Puede que me falten muchas respuestas pero esta la sé: Cuando bebía eso era imposible que sucediese.

¿Fácil? ¡No, pero sí gratificante y pleno!

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