Primero hay que quererse a uno mismo para luego poder querer al los demás.

Es un camino unidireccional: va desde adentro a afuera.

Si tenemos problemas de abuso o consumo con consecuencias, de una manera u otra, nos estamos auto-destruyendo lenta y progresivamente dejando de ser quiénes somos en realidad para convertirnos en peleles muy inseguros y temerosos, ansiosos, e incluso cobardes. Nos vamos apagando como una llama para al final, acabando perdiendo la ilusión, la autoestima, el auto-concepto y las ganas de vivir.

Cada vez el desánimo y desencanto nos invade más. Perdemos las fuerzas, la energía y las ganas de luchar.

¡Hay que reaccionar y sacar la motivación de debajo las piedras, inventándola si es necesario!

Nadie conseguirá recuperarse de una enfermedad tan compleja sin fuerza, sacrificio, reflexión, introspección y entrega.

Puede que dejemos de beber, pero sin motivación intrínseca, no conseguiremos el objetivo establecido: volver a vivir sin necesidad de apoyarnos o refugiarnos en ningún efecto.

Pretender dejar de beber para agradar a los demás, para calmar la tensión que hemos generado, para aliviar los problemas, o para demostrar, … siempre está condenado al fracaso.

Primero hay que trabajar consigo mismo, endurecerse y fortalecerse hasta el punto de volver a querernos tal cómo somos, sin efectos artificiales o adulterados.

Hay que motivarse sin esperar nada de los demás: ni su aprobación, ni sus aplausos, ni sus elogios,…

¿Acaso no es suficiente motivación el poder vivir libre de cadenas que nos esclavizan y guían nuestros pasos hacia la debacle?

La motivación no se gana en una tómbola o se da en un cursillo. La motivación no se compra. La motivación nace de la ilusión y la convicción, de las fuertes ganas de vivir, sentir, contemplar y disfrutar aquellas pequeñas cosas que fuimos olvidando antes de caer en la trampa del alcohol y que nos hacían sentir tranquilos, en paz, con bienestar y felices.

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