¿Enfermar por orgullo, soberbia, y prepotencia?

Que los seres humanos somos absurdos no me cabe ninguna duda, pero que rocemos el surrealismo en algunas conductas que nos pronostican unos resultados tan obvios, me sigue sorprendiendo.

Esta es mi «frase tonta» por excelencia que me hizo enfermar:

¿Por qué no puedo seguir bebiendo o tengo que dejarlo si casi todo el mundo bebe y muchos se pasan más que yo, sin que nadie les diga nada?

Esta pregunta retórica que me hice durante años constantemente no era más que una de tantas de mis excusas para continuar justificando mi consumo, que en realidad sabía de sobra la respuesta mucho tiempo antes de ser diagnosticado o tratado.

¿Tozudez, orgullo, inmadurez y pataleo, prepotencia, soberbia,…? ¡Una mezcla de todo!

Desde mucho tiempo atrás, sabía que mi forma de consumir no era normal. A pesar de ello, perdí años y años intentando «aprender» a beber y controlar desgastándome en el intento de lograrlo.

Era la crónica de una muerte anunciada. Una voz interior me estaba advirtiendo que sólo tenía dos opciones: Dejarlo o enfermar. Obviamente, opté por la segunda.

No hice caso a nadie. Simplemente me dedique la mayor parte de mi vida, y tal vez los años más productivos y de más vitalidad, a destruirme. Me comparaba, pataleaba, compadecía, quejaba, atribuía el fracaso y los despropósitos de cualquier situación a la mala suerte o al sistema. Todo ello, entre copa y copa para posteriormente acabar entre botella y botella.

Mi mente alcohólica, muy retorcida por cierto, se excusaba en que físicamente no tenía consecuencias y ello era como una «recompensa» para continuar bebiendo. Esta circunstancia tan prepotente de por no estar jodido seguir consumiendo, hizo que me olvidara que lo qué realmente me afectaba e iba lentamente apagando la llama de mi vida, que era el cómo me sentía yo. ¿Qué cómo me sentía? ¡Derrotado, rendido, muerto en vida!

No fue una cirrosis, ni un accidente o tragedia, no fue un tema económico,judicial, o social, fue el sentir cada mañana cuando me despertaba, que ya quería que fuera otra vez de noche para volverme a dormir.

¡Sí, este «harto de estar harto» fue el detonante de mi recuperación y lo que mató a mi soberbia sustituyéndola por humildad!

Si hemos enfermado, … no tensemos la cuerda hasta el límite, porque a veces acaba por romperse.

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