En busca del efecto perdido

Cuando entramos en una dinámica de enfermar, no simplemente de consumir, además de tener una imperiosa necesidad de hacerlo, vamos siempre en busca de un efecto que hace mucho tiempo que perdimos.

Buscamos ese efecto que nos tranquilice, nos estabilice, nos relaje, y nos permita funcionar.

Es andar errante en busca de un estado que no existe.

Los alcohólicos perdimos ese «punto» de beber para estar contentos y comportarnos como los demás cuando beben. Nosotros ya no tenemos el control, éste está en manos de la botella. Nosotros ya no podemos decidir hasta aquí bebo, voy a tomar esto o lo otro. Nosotros no tenemos nunca suficiente, nunca nos conformamos. Ya no necesitamos una excusa para beber porque ya bebemos siempre que tenemos ocasión.

Cuando nos falta el alcohol nos volvemos inestables, irritables, la abstinencia se traduce en un malestar general y en un vacío casi imposible de describir si no se ha vivido.

El buscar un equilibrio entre el consumo y ese efecto deseado, cuando hemos enfermado, es ya una falacia o fantasía, porque aunque no lo queramos reconocer ni aceptar … eso ya nunca más volverá a suceder.

Buscar el efecto es lo mismo que ir en busca de atrapar el viento. Una vez que se ha enfermado lo único que se hace es entrar en una espiral de deterioro y destrucción que va en aumento y es imparable excepto con tratamiento.

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