Es posible, y creo muy necesario, que todo tenga su punto de flexibilidad y tolerancia para llegar a un equilibrio … excepto con el consumo cuando ya has enfermado. Insisto: enfermo, no bebedor.

Voy a dejar mi lenguaje sutil o recatado para ser un poco más «Mica» a la hora de hacer esta reflexión:

¡Coge tu puta cabeza con las manos y siéntate delante de un espejo. Acomódate. Sé honesto y … comienza a decirte la verdad!

Enseguida, al instante en cuestión de milésimas, te vendrán pensamientos de justificación, comparación o duda a modo de preguntas » retontóricas» (de esas que nos hacemos pero sabemos la respuesta de sobra y a pesar de ello, seguimos haciéndolas) del estilo de:

«¿Estaré enfermo de verdad o es que no se beber?, ¿Tal vez debería simplemente aprender a controlar?, ¿Porque no intento esforzarme y moderar los consumos?, ¿Y si sólo bebiera de vez en cuando, en ocasiones especiales?, ¿Tal vez si lo dejo una temporada en un futuro podré volver a beber?,…»

Todas esas preguntas, para un enfermo alcohólico, se llama dejar puertas abiertas. Un alcohólico debe cerrar bien todas las puertas y tapar cualquier grieta porque el alcohol, tramposo como nada parecido, se filtra por cualquier lado incluso años después de haber permanecido seco. Por lo tanto, cualquier planteamiento cuando ya has hecho lo más difícil: Reconocer y aceptar la enfermedad tomando la decisión de ponerte en tratamiento, … ¡Es innegociable!

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