Zona de confort

De tanto vivir allí, hemos aceptado que es lo más cómodo.

La zona “confort” de un alcohólico es muy reducida y limitada. Va de el despertarse a la botella, de la botella al malestar, del malestar al arrepentimiento y remordimiento, para al final regresar otra vez a la botella y reiniciar ese bucle.

Es una zona limitada geográfica ( un lugar para pode beber, otro para torturarnos por haber bebido) y personal (todo aquello que no tengamos que pensar, afrontar, o tomar responsabilidades).

No nos importa ir apagándonos, aislándonos, … quedarnos solos y hundirnos mientras podamos seguir consumiendo.

La posibilidad de un tratamiento y un proceso de recuperación para dejar de beber y de este modo no continuar destruyéndonos, no nos parece un cambio de zona sino cruzar un océano.

El alcohol nos ha robado el dinamismo, la dignidad, la vitalidad, … la ilusión y confianza. Al enfermar, comenzamos a resignarnos y aceptar la rendición.

Probablemente de tantos años de consumir, de tantos excesos, conflictos, reproches e ir cabizbajo por culpa del consumo, aceptamos y normalizamos que ese es nuestro destino.

Pues precisamente el alcoholismo en una enfermedad “privilegiada” donde nosotros creamos el concepto destino según nuestra intención: Si decidimos dejar de beber y aprender a vivir sin necesidad de ello, el destino, el confort, y el bienestar, nos estarán esperando no muy lejos. Y  la zona confort alcohólica, quedará muy lejos de nosotros porque descubriremos la verdadera zona en la que debemos estar y movernos; la serenidad.

¿Qué ese cambio da miedo …? ¡Más miedo da permanecer en ese lamentable estado en el que nos encontramos! Si se trata de una cuestión de valorar si vale la pena o merece el esfuerzo cambiar, no hace falta ni que perdamos una milésima de segundo en analizarlo. ¡Hagámoslo, demos ese paso!

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